miércoles, 12 de octubre de 2011
Estados Unidos de Europa
El todavía presidente del Banco Central Europeo (BCE), al que le quedan dos telediarios para acabar su mandato, alerta que la crisis financiera es sistémica, es decir, que se está inoculando en el ADN de Europa. Y lo dice ahora, cuando llevamos cerca de dos años con el problema griego, sin que los estados europeos de la eurozona se pongan de acuerdo. O mejor dicho, sin que los que mandan, Francia y Alemania, sean capaces de arbitrar los mecanismos necesarios para enchufar recursos. Más bien lo que quieren es detraerlos, exigir que las economías aprieten su cinturón presupuestario de tal manera que queden vencidas y a merced de los designios del eje franco-alemán. Sin políticas monetarias y cambiarias autónomas, ya solo queda apelar a los mecanismos fiscales de los que emana el diseño de la política presupuestaria. Y ya hay voces que propugnan una política fiscal europea, lo que implica que los presupuestos de los estados estarán visados y aprobados por la Comisión Europea (el parlamento de la zona, ni pincha ni corta). España, como miembro de la eurozona, ha entrado en la crisis como país autónomo y saldrá, como el resto de estados, como territorio federado. La federación de países europeos, la Unión de Estados de Europa, será el final de este túnel. Y volveremos a votar una constitución europea (que alguien recuerde el coste en millones de euros que supuso para España esa consulta que hoy es papel mojado y olvidado), pero esta vez sumisos y sin condiciones. La constitución será lo social, flexible, garantista y equilibradora que decidan los países líderes, que habrán cambiado las estructuras productivas del resto de países para seguir comercializando sus productos y servicios, generando un valor añadido que se quede en sus territorios. Con razón Reino Unido celebra con tanto estruendo su decisión de haberse mantenido al margen del euro. Y con lógica su euroescepticismo pesará sobre las economías que se estaban pensando entrar en el euro. Eso sí, a Grecia, a darle largas, a dejar que caiga, empobrecerla y dejarla al pairo de las economías más fuertes para convertirla en un granero. Pero a los bancos, a inyectarles más recursos provenientes de nuestros impuestos, a recapitalizarlos. Y con palabras de Trichet, el todavía presidente del BCE, “Los Gobiernos y las autoridades nacionales (…) tienen que estar a la altura de la situación y actuar con rapidez”. ¿Y quién está a la altura de los ciudadanos, verdaderos pagadores de tantas ineficiencias?
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