miércoles, 25 de julio de 2012

Un sistema educativo de calidad

El fin último de cualquier sistema educativo, visto desde una perspectiva competitiva, es el de poner en el mercado a personas que sean capaces de utilizar los conocimientos adquiridos, ayudados de las habilidades y capacidades que han ido generando, para poder contribuir a elevar el nivel de bienestar de la sociedad. Las personas que se hayan formado para ser parte de la fuerza laboral podrán aplicar en sus puestos de trabajo los conocimientos que hayan adquirido, y las personas con perfil emprendedor podrán percibir, discernir, aplicar y gestionar las oportunidades que crean valor gracias al conocimiento acumulado. Y todos, desde una perspectiva de consumo, tendrán las herramientas necesarias para poder tomar decisiones de compra en unos escenarios controlados, discerniendo en función de la utilidad que maximice sus expectativas y que mejor sea percibida. Construir y tener un sistema educativo y formativo de calidad es, por tanto, necesario para poder alentar el crecimiento en una sociedad basada en la gestión del conocimiento. Los resultados del informe PISA elaborado por la OCDE, correspondientes al año 2009, manifiestan que el porcentaje de escolares de 15 años en España que no contaban con los niveles mínimos en las áreas de matemáticas, ciencias y lectura continuaban estando por encima de la media de los países de la OCDE. No obstante, si se comparan los resultados con los del informe previo, de 2006, son manifiestamente mejores, año en el que más de la cuarta parte del alumnado español (25,7%) no llegaba al mínimo en lectura, porcentaje que ha descendido hasta el 19,5% tres años más tarde. En las otras dos áreas de conocimiento, los porcentajes no bajan de manera tan acelerada: del 24,7% al 23,7% en matemáticas, y en ciencias del 19,6% al 18,2%. Y acercándonos considerablemente a la media de la OCDE, más en ciencias (0,2 puntos de diferencia) y en lectura (0,7) que en matemáticas (1,7). Analizando estos resultados recuerdo las palabras que Machado ponía en boca de Juan de Mairena: “vosotros –decía Juan de Mairena a sus discípulos− debéis amar y respetar a vuestros maestros, pero para juzgar si su labor fue más o menos acertada, deberéis esperar mucho tiempo, acaso toda la vida, y dejar que el juicio lo formulen vuestros descendientes”.

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